"General, hay un combate entre sus órdenes y mis canciones"

Heberto Padilla

El hombre junto al mar, 1981 La mala memoria es -acaso- el libro más autobiográfico que dio a conocer Heberto Padilla. Fue en 1989, año en que, poco después, caería el muro de Berlín y tras él, otros muros que apuntalaron la Guerra Fría en una buena parte de Europa.

En esa importante obra, el autor relata su historia en Cuba y fuera de ella, desde la época de Batista al que él combatiera, pasando por la etapa en que se convierte en un intelectual militante, comprometido con la revolución y amigo de Fidel Castro. En el libro aparece su trabajo como corresponsal, poeta y novelista, hasta la caída en desgracia con el régimen, que le significó cárcel y tortura, y finalmente su salida hacia los Estados Unidos, país donde colapsaría su corazón, el 24 de septiembre de 2000.

Todo el drama comenzó en la isla en el año 1966, con algunos cuestionamientos que Padilla manifestó en el periódico Juventud Rebelde y que el órgano de prensa oficial Verde olivo calificó como Las provocaciones de Heberto Padilla. A esto le siguió la edición de su libro titulado Fuera del juego (1968), donde Padilla esbozaba a través de sus poemas una visible crítica al rumbo que estaba tomando la revolución y a los conflictos que esto originaba.

El caso Padilla
Ese paradigmático libro, Fuera de Juego, encerraba en su título una metáfora de vida: un terrible final de una etapa y un incierto comienzo de otra. Le significó al autor un premio y varios castigos. Ganó el Premio Nacional de Poesía, otorgado por un jurado internacional, pero mereció la desaprobación de sus colegas de la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas Cubanos, organismo fundado -vaya ironía- por el propio Padilla) y, en 1971, la cárcel. Así comenzaba lo que llegó a llamarse el sonado "caso Padilla".

Frente a la actitud de sus colegas cubanos y al prólogo acusador que la UNEAC antepuso al poemario, varios autores del boom latinoamericano, simpatizantes del régimen cubano, salieron sin embargo a defender la libertad de expresión de Padilla. Gabriel García Márquez, Juan Goytisolo, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, entre otros, enviaron un telegrama de solidaridad.

En uno de los poemas de ese libro (Poética), Padilla dice: Di la verdad / Di, al menos, tu verdad. Y después / deja que cualquier cosa ocurra, / que te rompan la página querida, / que te tumben a pedradas la puerta, / que la gente / se amontone delante de tu cuerpo / como si fueras / un prodigio o un muerto.

Padilla es llevado a la cárcel junto a su segunda mujer, la poeta y pintora Belkis Cuza Malé, tildados ambos de subversivos. "Al cuarto día continuaba yo en la estrechísima celda del Departamento de Seguridad del Estado, acostado en uno de esos tablones sujetos a la pared de dos gruesas cadenas, típicos de los calabozos medievales" (La mala memoria). Los tormentos que recibe allí y los punzantes interrogatorios están muy crudamente relatados en el libro. Para obtener la libertad, Padilla es obligado a hacer una autocrítica por escrito, que redacta en prisión, reconociendo que en la ironía que emanaba de sus textos había una "hostilidad contrarrevolucionaria". Ante esa humillante y mentirosa "autocrítica" que tuvo que leer delante de sus pares, (y que él denominó "autodegradación"), varias voces literarias se alzaron en el mundo, indignadas, enviándole una carta a Fidel Castro. La firmaban Susan Sontag, Jean Paul Sastre, Simone de Beauvoir, Alberto Moravia, Marguerite Duras, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa...

La carta decía textualmente, entre otras cosas: "El lastimoso texto que firmó Heberto Padilla solo puede haberse logrado a través de métodos que son la negación de la legalidad y la justicia revolucionarias. Recuerda los momentos más sórdidos del stalinismo".

He leído por ahí que "el caso Padilla" significó en la práctica el precipitado ocaso del famoso boom latinoamericano, el cual -en efecto- concluyó en 1971 y parece bastante verosímil aceptar que los más notables referentes de dicho movimiento literario, tan unido a la revolución cubana, reconocieran las debilidades de un sistema de gobierno que hasta entonces se había convertido en la gran esperanza de gran parte de la intelectualidad progresista.

Al poco tiempo de su detención, Padilla fue liberado, y unos días antes habían soltado a su mujer. Durante casi una década tuvo que dedicarse en Cuba solo a trabajos de traducción y finalmente, en 1980, gracias a presiones internacionales, se le concedió la autorización para abandonar la isla, exiliándose en los Estados Unidos (Nueva York, Miami), donde pasó junto a Belkis y al hijo de ambos, unos años más. Después de la separación de ella (en 1995), entró en una suerte de laberinto psíquico, recorriendo ciudades y residiendo en varios sitios, dictando clases y conferencias en diferentes universidades de los Estados Unidos, hasta morir solo, recostado en un sillón de su cuarto de Alabama, donde enseñaba en la Universidad de Auburn State (el 24 de Septiembre del 2000).

Leo unas líneas escritas por Belkis, su compañera de tribulaciones a lo largo de 30 años: "El hombre que yo vi entrar a mi casa, tras cinco años de separación era un anciano, muy anciano y muy enfermo, no el que había dejado en Miami a finales de 1995. Enfermo física y espiritualmente, terriblemente triste, terriblemente agobiado por todo lo que había sido su vida en esos últimos años".

El encuentro
Como se sabe, Borges dijo que más que jactarse de los libros que había escrito, se enorgullecía de los que había leído.

Yo diría -y salvando las distancias, claro- que más que jactarme de los libros que he leído me enorgullezco de los escritores que he conocido. A los pocos que yo busqué, y a los muchos que la vida puso en mi camino mágica y sincrónicamente (como diría Jung), convirtiendo a algunos de ellos en grandes amigos o maestros.

Y ahora, va esta historia. En noviembre de 1995, llegué a Madrid, invitada a un encuentro de escritores argentinos y españoles. El recién fallecido Héctor Tizón, Rodolfo Rabanal, Mempo Giardinelli y yo compartiríamos reflexiones en el Círculo de Bellas Artes con Antonio Muñoz Molina, Rosa Regás, José María Merino y Alberto Pombo. Todo estaba organizado y muy bien por la Embajada Argentina y la Fundación Ortega y Gasset. Nos alojábamos en la Residencia de Estudiantes, donde nos recibieron las luminosas sombras de García Lorca, Buñuel y Dalí.

La primera noche, en el comedor, junto a la mesa que ocupábamos mi marido y yo, había otra, larga, con unos diez latinoamericanos muy bullangueros. "Cubanos", pensé por las risas, los habanos que fumaban, el whisky que bebían, los chistes que se hacían. Eran extrovertidos, gesticuladores, discutían y se divertían. A punto de salir de allí, los miro con detenimiento y le digo a mi marido: "Me parece que ese señor de anteojos es Heberto Padilla". Aquello era insólito. Justo antes de aquel viaje yo había leído en Buenos Aires su novela, visiblemente autobiográfica también, En mi jardín pastan los héroes.

No, eso no era casual. Por eso volví sobre mis pasos y me animé a interrumpirlo, acercándome a esa mesa llena de hombres y mujeres, negros, blancos y mestizos, que seguían su apasionado intercambio de ideas con sus atronadoras risotadas.

Sin ningún problema, muy dispuesto, me pidió que lo esperara en el hall de la Residencia, para tomar un café.

La noche avanzaba mientras Heberto y yo no podíamos dar fin a esa conversación que fue, más que una charla, una complicidad de almas.

Más allá de valorar su enorme talento como poeta y narrador, yo estaba interesada sobre todo en su epopeya como ser humano, en sus zozobras como intelectual. (El quería saber de mi vida en la Rumania comunista). No, no podía creer que el hombre sesentón y chispeante, histriónico, lleno de humor, cultísimo y perspicaz, que tomaba un café conmigo, sin abandonar su vaso con whisky, había sufrido los padecimientos físicos y psíquicos que "el caso Padilla" había develado al mundo entero, así, sin conservar ningún rencor. Se lo veía escéptico, por supuesto, pero sereno en su ironía, con una enorme sabiduría en su corazón.

Padilla lo había pasado todo, lo había experimentado todo, conocía el entusiasmo de los grandes ideales, la fervorosa militancia, como también los vicios del poder, el desquicio del fanatismo y las crueldades a las que lleva todo maniqueísmo.

Era un hombre ético. Nuestro diálogo fue tan rico, tan lleno de frases imborrables para mí, tan típico de dos personas que, sin conocerse, se conocían desde siempre, que lo seguimos al día siguiente, sentados a la misma mesa ratona del hall de la Residencia de Estudiantes de Madrid. Heberto me habló de un hijo y de su mujer Belkis y me regaló un libro que ella había escrito donde desarrollaba la teoría de que Elvis Presley no había muerto, sino que vivía con otro nombre y otra cara en otra parte. En medio de la charla, apareció uno de los cubanos de la noche anterior (los cubanos que estaban allí eran intelectuales y cineastas de la isla y otros, exiliados, "todos mezclados" -como diría Nicolás Guillén- reunidos para unas jornadas organizadas en Madrid). El hombre se acercó al sillón donde estábamos sentados y le ofreció un habano a Padilla. El lo tomó, lo agradeció y lo encendió, mientras el otro se hacía humo... Heberto llegó a darle unas pitadas al puro, pero éste se apagó en seguida. Resignado, lo abandonó sobre un cenicero y me dijo, sonriendo. "Son los cigarros de Fidel. Ya ni los cigarros cubanos sirven".

Recuerdo que cuando terminó nuestro encuentro, después de darme su dirección y su teléfono de Miami Lakes -donde vivía con su familia- y decirme que también podía encontrarlo en la Universidad de Nueva York donde daba clases, nos despedimos con mucha emoción. Yo me quedé mirando el habano apagado, con una punta chamuscada que había quedado sobre la mesa. Lo tomé, lo envolví en una servilleta y me lo llevé. Ese cigarro apagado era lo único que me quedaba de Heberto Padilla. Por supuesto que nunca más lo volví a ver.

Poco tiempo después se separaba de Belkis, ya no escribía y, cinco años más tarde, a la edad de 68 años, se iba de este mundo, "triste, solitario y final" -por lo que pudimos saber.

Hace unos días, y a raíz de esta nota, abrí el cajón de mi biblioteca y allí estaba. Algunas hojas de tabaco se estaban desprendiendo, pero envuelto en la servilleta de aquel entonces y en una bolsita de polietileno, estaba la reliquia: el cigarro de Heberto Padilla.

Le saqué una foto porque era como reproducir algo de aquel encuentro de tantas horas, donde un hombre increíble, un gran poeta, un ser absolutamente descollante había dejado una indeleble marca: su aliento vital.

© LA GACETA

Alina Diaconú - Escritora. Autora de Avatar y de Ensayo general, entre otros libros.